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Un día de 48 horas: la llegada a Marruecos

09 Jul

(Este post fue escrito el mismo día en que llegamos a Marruecos, el 1 de mayo de 2011)

Después de pasar unos fabulosos días en España, Portugal y el sur de Francia, venía el siguiente paso de esta aventura: África. Marruecos era el único país de este extenso continente que habíamos decidido visitar.

Encontrándonos en Cádiz y a un día de salir para el puerto de Tarifa en España para cruzar la frontera en ferri, nos enteramos que en Marrakech, un kamikaze se inmoló e hizo estallar un bomba en un restaurante en el corazón turístico de la ciudad, el resultado: 16 muertos, la mayoría turistas. Al Qaeda el principal sospechoso. En su página web lanzaron amenazas contra el país y al parecer se podrían estar concretando.

La pregunta natural era definir si en momentos de tanta convulsión en el mundo Árabe Musulmán sería buen momento visitar uno de estos países. Decidimos quedarnos un día mas en Cádiz para meditarlo, ver noticias y pedirle a Dios confirmación sobre qué hacer.

Caminando en Cádiz pasamos por un almacén para comprar una chalina para Mónica; y la dueña del lugar, Alicia, una Argentina con muchos años de vivir en España, había estado en Marruecos muchas veces y en varios países Árabes. Nos habló maravillas del país, nos dijo en qué lugares seguramente no habría riesgo para comenzar el viaje a Marruecos, nos llenó de buena energía y con sus palabras y consejos llegó la confirmación esperada, nos íbamos al siguiente día.

El día comienza muy temprano para tomar el bus de Cádiz a Tarifa en donde tomaríamos el ferri al puerto marroquí de Tánger. Tánger, principal entrada a África de Españoles y Europeos en general, tiene una reputación bastante mala, aunque como en todo, siempre hay quien la defienda. Es como la muchacha de “vida alegre” de la que todo el mundo sabe que lo es, pero siempre hay uno que lo niega y dice de ella lo buena hija que fue varios años atrás.

De Tánger se dice de todo: los falsos guías (Faux Guides) que por ganarse unos pocos Dirhams (la moneda local) te embaucan en planes que no existen, o quieren comisionar con los vendedores de artesanías, cuero u otros cuando el turista incauto se deje tentar por el maravilloso “primo” que les va a ofrecer el mejor precio de lo que buscan, “sin intermediarios”. También están los Taxis, que siempre quieren cobrarte 10, 20 o más veces lo que realmente cuesta una carrera, aparte que no solo hay un tipo de taxi sino que hay varios: los de la línea amarilla en la parte baja que se suponen los oficiales, los espontáneos, los que tienen el aviso de TAXI en la parte alta pero que quizá ni lo sean, y los Grand Taxis que son taxis compartidos que solo hasta que se llenan comienzan la carrera. Diferentes tipos pero un elemento común: siempre hay que regatear y hacerlo duro.

Pues bien, Tánger nos recibe con todo su repertorio en pleno. Llegamos, y el primero que nos aborda es un Faux Guide que mostrándonos su escarapela con foto, sellos, firmas y toda la supuesta formalidad nos ofrece su desinteresada ayuda, apalancándose con la frase “¡tranquilos, yo soy un guía oficial, si no lo fuera no tendría la policía a mi alrededor!” (lo que quiso decir fue: “el policía y yo somos de los mismos, denme la oportunidad y acá caen”, esa fue la primera prueba superada, después de cinco veces de decirle “no”, se fue.

La estación de bus en la que tomaríamos el transporte a Chefchaouen (lugar recomendado por Alicia, la Argentina de la chalina de Mónica), según las guías quedaba al salir del puerto, así que comenzamos a buscarla. Para nuestra sorpresa todos nos decían que debíamos tomar un Taxi para llegar allá, así que ni modo, teníamos que movernos rápido y fuimos a cambiar dinero para tomar el taxi a la estación de buses. Cambiando dinero comenzó la primera oferta de taxi de un “espontáneo” que vimos que estaba al lado nuestro siguiendo lo que hacíamos. No nos generó confianza, le dijimos que no (varias veces). Después llegó otro taxista (de la línea amarilla en la parte baja) que nos seguía por donde íbamos y nos gritaba el precio que nos cobraba a la estación, echaba reversa, adelantaba, daba la vuelta, volvía, como desesperado perrito esperando a su amo. Uno no sabe cómo todo el mundo se entera para donde uno va pero pasan segundos y todos a tu alrededor saben de tus necesidades.

Vimos a un policía y le hablamos. Le quise preguntar cual era la manera de ir a la estación de buses y la respuesta fue “¡En taxi!”, pero queríamos saber cuál era el más seguro y su capacidad políglota, muy típica de los marroquies como que se agotó de un momento a otro y lo único que hizo fue apuntar al tercer taxi que nos estaba ofreciendo sus servicios, en este caso un Mercedez Benz viejo que al menos en el techo decía “Taxi”. Negociamos el precio, y salimos de camino a la estación de buses.

Cuando llegamos a la estación, pensamos: “¿Es esta?!!!”. Si, habían buses parqueados y si, parecía una estación, solamente que se veía tal desorden que comenzamos a dudar si estábamos en el lugar correcto. Apenas llegamos, una persona nos aborda diciéndonos “¿Chefchaouen?” y en un lugar en donde todo está escrito en Árabe y un poco en Francés y que no sabes bien cómo moverte, aun atontados por la experiencia de los taxis, la respuesta fue un “sí”. Nos lleva a comprar los tiquetes, pagamos, nos los entregan, nos preguntan de dónde somos, sonríen y dicen “Shakira!”, salimos, nos dice en donde esperar el bus y que el mismo llegaba en 10 minutos. A los 5 minutos nos dice que va a llegar una hora más tarde porque era a las 15 horas de Marruecos, no de España, nos damos cuenta que posiblemente había otro bus que salía más temprano y nos hicieron comprar uno que salía màs tarde.

Detallamos lo tiquetes y todo está en Árabe ilegible, solo alcanzamos a entender un “15” y un “30,00” y no era claro ni el lugar al que íbamos. Mónica vuelve decidida a la oficina de la empresa de buses a buscar “aclarar la verdad” de lo que estaba pasando, pregunta cuánto cuesta el tiquete a Chefchanouen y a que horas salen, nos confirman, sale a las 15 y cuesta 30. Ahora la pregunta era si el tiquete si decía nuestro destino así que buscamos a un mesero de un café y nos confirma que en el tiquete si está escrito nuestro destino.

Minutos después, nos avisan que el bus llegó, vamos a verlo. Sí, había un bus, pero el destino estaba en Árabe y las letras no coinciden con la del tiquete. Una persona comienza a pedirnos que subamos el equipaje al bus, pero faltaba casi media hora para partir y nos pareció que pudiera ser un timo para robárnoslo así que nos rehusamos con cualquier disculpa. Una vez decidimos montarlo al bus, el asistente nos quiere cobrar 1 Euro por cada maleta y le decimos que no, que ya pagamos por el tiquete. Llama a una persona para que lo apoye en la torre de babel que hubo en ese momento, y esta persona confirma la farsa. Al final aceptamos pagar esperando que eso ayude a que el equipaje llegue al destino.

El bus sale y Mónica y yo mudos, observando todo, la gente, las mujeres con sus vestimentas musulmanas, los hombres algunos con sus atuendos de herencia tribal berebere, de fondo música local, no parpadeamos por un buen tiempo, todo parecía surreal o irreal o ambos, estábamos en un bus lleno de locales, en donde los únicos “diferentes” era el par de turistas (nosotros) con sus camisas Columbia estilo occidental, como “mosco en leche”, literalmente.

Tres horas y media después y habiéndonos ya soltado un poco (al menos ya teníamos certeza de estar en el bus correcto y la gente alrededor estaba siendo amable y tranquila) llegamos al pueblo de Chaouen (nombre con el que también conocen a Chefchaouen) ingresando entre una cadena montañosa espectacular. La primera impresión fue un fuerte: “oh oh, en dónde nos metimos!”, se veía un pueblo simple, sin gracia.

Con la ayuda de un pasajero del bus, miembro de un grupo musical que iba a tocar esa noche en el pueblo, llegamos a un hotel sin mayores pretensiones, nos instalamos y salimos a conocer. Vale decir que hasta acá, el entendimiento de lo que es una “Medina” era un concepto desconocido para nosotros.

Salimos a caminar siguiendo lo que las guías aconsejaban visitar y todo estaba dentro de la Medina. Ingresamos al lugar y comenzamos a encontrarnos una serie de calles y callecitas por todo lado, un laberinto completo. Hasta ese momento podíamos ser los únicos con pinta de occidentales, no habíamos visto un solo turista. Caminamos y caminamos, aun sin rumbo fijo y sin la tranquilidad de preguntarle a alguien hacia donde llegar, no sabíamos si quiera en que idioma hablar.

Poco a poco fuimos descubriendo el lugar en el que estábamos y viendo su arquitectura. Comenzamos a ver un poco de turistas y a tranquilizarnos por esto, ya no estábamos en medio de la nada y “solos”. La Medina comenzó a aclararse ante nuestros ojos y la belleza de este lugar nos comenzó a cautivar. Se trata de una de las Medinas más hermosas de Marruecos, con sus casas pintadas de blanco y azul y un inconfundible sabor Andaluz es un lugar simplemente precioso.

Llegamos a la Plaza Uta el-Hamman, dominado por el Kasbah y la Gran Mezquita. Escuchamos por primera ver el llamado a la oración de los Musulmanes y vimos como su gente (principalmente hombres) se dirigía camino a la mezquita a tener su momento de oración. La plaza esta rodeada de restaurantes y cafés en donde los dos platos más típicos del país, Cuscús y Tajín son ofrecidos  por doquier, siempre acompañado del típico té verde.

Al llegar al hotel y al estar escribiendo estas memorias sentimos como si hubiéramos tenido realmente un día de 48 horas, estamos exhaustos. Hubo momentos de mucha tensión en todo el proceso de llegada a Chefchaouen, tan es así que ni siquiera nos sentimos cómodos sacando la cámara para tomar fotos, pero el premio mayor valió mucho la pena. Si alguna vez quieren visitar Marruecos no dejen de visitar este precioso pueblo.

Acá termina esta crónica de nuestro primer día en Marruecos y los dejamos con fotografías de Chefchaouen.

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Posted by on July 9, 2011 in Africa, Marruecos

 

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